Bandera Nacional de Irlanda -The Tricolour-

bandera irlanda tricolorThe Tricolour como también se le llama a la bandera irlandesa,  se basa en tres bandas verticales, sus colores,   VERDE, BLANCO, NARANJA.
Se creó en el siglo XIX,  con la idea de representar una Irlanda unida a pesar de los siglos  de convivencia conflictiva entre los nativos irlandeses y los colonos británicos.

Supuestamente el verde representa a los nativos Irlandeses, la banda blanca, significaría paz, la minoría británica representada por el color naranja.

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” Deciamos Ayer… “

Salvando las diferencias, me gustaría utilizar la famosa frase de Fray Luis de León, Como decíamos ayer…”, pues sí, me gustaría utilizar esta frase para dar continuidad a este blog que tantas veces he deseado seguir escribiendo y que por diferentes circunstancias cada vez se me hacia más difícil dedicarle el tiempo que necesita.

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Hadas Irlandesas

Cuando cobraron vida, lo primero que percibieron fue el bosque bajo la luz de las nuevas estrellas. Por eso, las hadas aman sobretodo la naturaleza y las estrellas.


En la edad media el hada significó abordar realidades diferentes según los países y las culturas en las que arraigó la idea, por dos razones fundamentales, el advenimiento del cristianismo y la resistencia de las antiguas religiones paganas europeas.

En los países anglosajones se distingue el universo de las hadas -Fairy, Fairies en plural- La palabra no sólo designa a las bonitas damitas dotadas de poderes mágicos, sino al conjunto del pueblo pequeño del reino de las hadas. Para los anglosajones, hadas y elfos son la misma naturaleza y es legítimo utilizar indiferentemente uno u otro nombre sin distinción de sexo o apariencia.

De lo anterior se desprende que no todas las hadas son iguales y que, por ello, existen muchos tipos que pueden distinguirse tanto por su apariencia como por su origen. Algunas hadas son de estatura y aspecto humano, solo diferentes de los mortales por su belleza sobrenatural y sus poderes mágicos. Otras tienen estatura, cuerpo y el rostro de niños de entre seis y diez años, nunca crecen, no envejecen y son eternamente espíritus traviesos y revoltosos. Otras tienen una estatura minúscula de entre 1.5 cm. y 30 cm. Su cuerpo traslúcido está generalmente dotado de pequeñas alas de mariposa o de libélula. Su piel es de color en tonos pastel y su apariencia se confunde con las plantas o las flores, de las que son guardianas .

Las pequeñas hadas, por su parte son manifestaciones del mundo de la poesía, de la fantasía y de lo imaginario, a menos que sean espíritus de los bosques y las flores, es decir, los espíritus elementales que pueblan la naturaleza.

El hada es toda poderosa, amable, deseable, pero ente todo es bella por que en el reino de las hadas, cuando más puro es un ser, más posee el privilegio de la belleza. El hada así descrita se asemeja más a la princesa de los cuentos que el héroe debe conquistar y con la que se debe casar, que el personaje fantástico que puebla las leyendas y las crónicas folklóricas, pues el hada es múltiple, ideal femenino, símbolo del ánima encarna a la vez la virgen, la hermana, la esposa y la madre es la mujer por excelencia perfecta e inaccesible.

El hada es una divinidad de la naturaleza, asociada especialmente a los árboles de los bosques, al agua de las fuentes y a las flores de los jardines. Entonces ya no aparece con el aspecto noble y un poco altivo de las damas surgidas de las novelas corteses, sino en la forma de una pequeña criatura de aspecto infantil, apenas vestida con telas traslúcidas de tonos pastel y dotadas de alas de libélula.

Hadas y elfos no tienen una individualidad bien definida, en cambio, gozan como los animales, de un alma-grupo genérica del conjunto de la especie. Estos seres pueden vivir mucho tiempo, siglos e incluso milenios, pero no son inmortales, como lo recuerda la fase de James Matthew Barrie en Peter Pan: *Cada vez que un niño dice: No creo en las hadas, hay una, en alguna parte, que muere*. Cuando se deja de creer en ellas, las Hadas se duermen y pronto mueren. Esta muerte es tanto más trágica cuando que los espíritus elementales carecen de esta alma inmortal que constituye todo el valor de la criatura humana.

En el medioevo, las hadas y su reino (Fairyland) no se encontraban lejos de los hombres sino al alcance de la mano. Para entrar en él basta cambiar la propia manera de ver las cosas, el camino es la mirada maravillada de la infancia.

El mundo de las hadas ofrece a quien quiere abordarlo una vía en la que hay que saber perderse antes de encontrarse. Todos los cuentos insisten en la noción de extravío, de pérdida total de las propias certidumbres y del sentido de la propia vida antes de encontrar el buen camino: el que conduce al centro de uno mismo. El reino de las hadas no está exento de pruebas, de obstáculos y de dificultades, al contrario: el hada buena no existe sin su oscura pareja: la bruja

Las hadas y los espíritus de la naturaleza representan los principios de la vida y de la creatividad en estado bruto. Por eso sólo pueden ser percibidos por aquellos que evolucionan en las esferas de lo imaginario, de la creación y de la fecundidad -los niños, los poetas, los artistas, los artesanos, los soñadores, los enamorados y las mujeres embarazadas-. Todo aquél que en su vida haya tenido la ocasión de crear -ya se trate de un poema, de un cuadro, de un mueble o de un niño- ha conocido estos momentos de gracia en los que de pronto todo se hacía claro y evidente; en que el conjunto del cuerpo, el espíritu y el alma se encontraba atravesado por fuerzas y energías formidables; en que la inspiración corría a raudales; en que el golpe de lo imposible resultaba posible , sin que lo supiéramos, entonces un hada estaba actuando.

Todo es posible. Ningún deseo en el mundo es irrealizable.Para ellos basta con permanecer fiel a los propios sueños y creer en la propia suerte.

Por M.Arturo Galván Yánez.

Alzamiento de Pascua de 1916 -Éirí Amach na Cásca- El Abril de la Libertad-

Quiero dedicar esta entrada a los héroes de la rebelión militar fallida, que tuvo lugar en abril de 1916….. La rebelión constituyó el más importante intento de retomar el control de Irlanda por parte de los republicanos para lograr la independencia de Reino Unido.


Este intento revolucionario se produjo del 24 al 30 de abril de 1916, fue encabezado por PATRICK PEARSE, maestro y abogado, y por JAMES CONNOLLY, con su reducido Ejercito Ciudadano Irlandés. Tomaron posiciones claves en Dublín, donde proclamaron la REPÚBLICA INDEPENDIENTE DE IRLANDA.


Superiores en número a los rebeldes con unos 4.500 soldados británicos y 1.000 efectivos de la policía (se calcula que los Voluntarios insurgentes rondaban los 1.000 hombres, y los miembros del Ejército Ciudadano Irlandés los 250), superaron muchas de las defensas y aislaron a las restantes hasta que hacia el final de la semana la única orden que pudieron recibir fue la de rendirse.


Nuestro recuerdo para los ejecutados del levantamiento de 1916, que perdieron su vida por la libertad de Irlanda.


 

Patrick Pearse
Eamonn Ceannt
Thomas J. Clarke
Michael Mallin
Thomas MacDonagh
Cornelius Colbert
Joseph Mary Plunkett
Sean Heuston
Edward Daly
Sean MacDermott
William Pearse
James Connolly
Michael O’Hanrahan
Thomas Kent
John MacBride
Roger Casement

 

También para los miles de héroes anónimos que igualmente dejaron sus vidas por Irlanda.

 


El Alzamiento de Pascua es reconocido y tratado como un momento importante en el desarrollo histórico de Irlanda, sus ramificaciones políticas aún están por desvelar completamente. La moderna República de Irlanda y la gran mayoría de sus ciudadanos lo consideran el inicio de la independencia.

 

 


The Foggy Dew


As down the glen one easter morn
To a city fair rode i,
Their armed lines of marching men
In squadrons passed me by.
No pipe did hum, no battle drum
Did sound its loud tattoo
But the angelus’ bells o’er the liffey’s wells
Rang out in the foggy dew.

Right proudly high in dublin town
Hung they out a flag of war.
‘twas better to die ‘neath an irish sky
Than at suvla or sud el bar.
And from the plains of royal meath
Strong men came hurrying through;
While brittania’s huns with their long-range guns
Sailed in through the foggy dew.

The bravest fell, and the requiem bell
Rang mournfully and clear
For those who died that easter-tide
In the springing of the year.
While the world did gaze with deep amaze
At those fearless men but few
Who bore the fight that freedom’s light
Might shine through the foggy dew.

And back through the glen i rode again
And my heart with grief was sore
For i parted then with valiant men
Whom i never shall see more
But to and fro
In my dreams i go
And i kneel and pray for you
For slavery fled
Oh, glorious dead
When you fell in the foggy de

 

Extraidos algunos

datos de la Wikipedia

 

 

 

 

 


 

 


Niebla en el Rocio


Debajo de una cañada en la mañana de pascua
como una feria se situaron en la ciudad,
lineas de hombres marchaban armados
Escuadrones pasaron a mi lado.
Ninguna gaita tarareó, y el tambor en la batalla
sonaba como un tatuaje ruidoso
pero el ángelus bells se escuchaba en el Liffey
a través de la niebla en el rocío.

Erguido en lo alto en las afueras de la Ciudad de Dublín
flameando estaba una bandera de guerra.
‘Es mejor morir’ en el cielo irlandés
Suvla que en el bar o sud.
Y desde las llanuras de real meath
hombres fuertes la atravesaron de prisa;
Mientras bretaña con sus cañones de largo alcance
navegaba a través de la niebla en el rocío.

Y cayo primero el más valiente, las campanas del réquiem
sonaron en un claro luto
para que los que murieron en esa marea de pascua
en el surgimiento de ese año.
El mundo observo con mirada profunda
a esos hombres audaces pero pocos,
quienes dieron en la lucha la luz de la libertad
que pudo brillar a través de la niebla en el rocío.

Y de vuelta a través de la cañada cabalgó de nuevo
mi corazón esta lleno de dolor
por la partida de aquellos hombres valientes
a los cuales nunca veré mas
Pero en el vaivén
de mis sueños estoy
arrodillado y rezo por usted
para huir de la esclavitud.
Oh, glorioso muertos
Caídos en la niebla en el rocío.

 

 

 

 

 

 

La Copa de Las Hadas

Estamos en Marzo…  en este mes    y  casi sin darme cuenta,  mi  blog ha cumplido un año….  un  año que  debo reconocer que ha sido gracias a vosotros  …  quiero agradeceros  a todos  vuestras visitas… y   vuestros ánimos que me han ayudado para llegar hasta aquí.

No  tengo otra forma  de daros las gracias…. y   se me ocurrio   ofreceros  esta copa…….

 

La  Copa de las Hadas

¿Fue en las islas de las rosas,
en el país de los sueños,
en donde hay niños risueños
y enjambre de mariposas?
Quizá.
En sus grutas doradas,
con sus diademas de oro,
allí estaban, como un coro
de reinas, todas las hadas.
Las que tienen prisioneros
a los silfos de la luz,
las que andan con un capuz
salpicado de luceros.
Las que mantos de escarlata
lucen con regio donaire,
y las que hienden el aire
con su varita de plata.
¿Era día o noche?
El astro
de la niebla sobre el tul,
florecía en campo azul
como un lirio de alabastro.
Su peplo de oro la incierta
alba ya había tendido.
Era la hora en que en su nido
toda alondra se despierta.

Temblaba el limpio cristal
del rocío de la noche,
y estaba entreabierto el broche
de la flor primaveral.
Y en aquella región que era
de la luz y la fortuna,
cantaban un himno, a una,
ave, aurora y primavera.
Las hadas ?aquella tropa
brillante?, Delia, que he dicho,
por un extraño capricho
fabricaron una copa.
Rara, bella, sin igual,
y tan pura como bella,
pues aún no ha bebido en ella
ninguna boca mortal.
De una azucena gentil
hicieron el cáliz leve,
que era de polvo de nieve
y palidez de marfil.
Y la base fue formada
con un trémulo suspiro,
de reflejos de zafiro
y de luz cristalizada.
La copa hecha se pensó
en qué se pondría en ella
Una dijo: ?La ilusión;
otra dijo: ?La belleza;
otra dijo: ?La riqueza;
y otra más: ?El corazón.


La Reina Mab, que es discreta,
dijo a la espléndida tropa:
?Que se ponga en esa copa
la felicidad completa.
Y cuando habló Reina tal,
produjo aplausos y asombros.
Llevaba sobre sus hombros
su soberbio manto real.
Dejó caer la divina
Reina de acento sonoro,
algo como gotas de oro
de una flauta cristalina.
Ya la Reina Mab habló;
cesó su olímpico gesto,
y las hadas tanto han puesto
que la copa se llenó.
Amor, delicia, verdad,
dicha, esplendor y riqueza,
fe, poderío, belleza…
¡Toda la felicidad!…
Y esta copa se guardó
pura, sola, inmaculada.
¿Dónde?
En una isla ignorada.
¿De dónde?
¡Se me olvidó!…
¿Fue en las islas de las rosas,
en el país de los sueños,
en donde hay niños risueños
y enjambres de mariposas?

Pues  aqui teneis  esta copa…….   os  deseo todo lo que  en ella pusieron las Hadas…

Gracias,  de nuevo, muchas gracias a todos.

 

La poesia   de Ruben Dario

Los dibjos  de  Nene Thomas

IRLANDA

Estamos finalizando el año,   y  quería   hacer un  resumen sobre todo lo que he ido escribiendo en este blog   sobre mi queridísima tierra irlandesa….. un  resumen objetivo sobre Irlanda….pero  me  estaba resultando  bastante difícil….. ya que mi objetividad frente a Irlanda  es nula,  tengo que  reconocerlo……

 

Leyendo el National Geographic….  encontré  este  artículo escrito por Rafael  Ramos,  corresponsal de la Vanguardia  en Gran Bretaña….  me pareció  interesante  y lo  transcribo  al blog…

 

IRLANDA

En busca de las mejores pintas de Guinness, el autor nos guía por este país de brumas y costa recortada sin ningún refinamiento, donde realidad y ficción se mezclan sin disimulo.

Por Rafael Ramos
Los viajes empiezan mucho antes de poner el pie en la tierra prometida; cuando surge la idea, se hacen los preparativos y la mente empieza a volar. Incluso hay veces que esa parte es la mejor, ya que la realidad no responde luego a las expectativas. No es el caso de Irlanda.


Mi viaje comenzó en Londres, en un pub irlandés de la Kilburn Road –donde luego supe que miembros de un comando local del IRA se reunían los domingos a tomar la cervecilla–, un día de San Patricio, entre camisetas verdiblancas del Celtic de Glasgow y cánticos de una melancolía abrumadora. Y tras un par de meses de mucha lectura y muchos sueños, en ese estado de agradable anticipación que precede a los viajes, finalmente aterricé en Dublín, con una lista interminable de cosas que ver y hacer, y la llovizna perenne de estas islas.

 



En busca de la tierra prometida

Me instalé en un agradable hotel, propiedad de Bono –el cantante de U2–, a orillas del río Liffey y, ante la mirada perpleja de la concurrencia, desplegué un mapa del país sobre la barra del bar. Un guiri es un guiri en todas partes.
 

De las muchas fórmulas de la felicidad, no conozco ninguna tan infalible como el equilibrio entre uno mismo, su tiempo y su espacio. Tal vez también un poco de amor, pero no hay que ser ambicioso. Lo cierto es que aquella noche lluviosa yo tenía por delante tiempo, espacio y una tierra por descubrir, no quería saber nada del amor y me sentía la persona más feliz del mundo. Sólo necesitaba una ruta, un criterio para mi viaje. Había tomado notas, subrayado y hecho cruces. Sabía muchas cosas sobre Irlanda, pero no sabía por dónde empezar.

 

 


Una de las cualidades irlandesas es que los pubs cierran más tarde que en Inglaterra. Así que cogí los bártulos en busca de inspiración y me dirigí a Dohenny and Nesbitt, un chiringuito encantador de Grafton Street que presume de tener la mejor Guinness de Dublín. Una buena pinta del «oro negro» irlandés requiere una técnica muy sofisticada; entran en juego la temperatura a la que se almacenan los barriles de cerveza, la distancia desde la bodega al grifo, la presión a la que se sirve y el tipo de cristal del vaso; asimismo, tiene que ser a la vez cremosa y suave como el terciopelo. Los dublineses son capaces de pasarse horas discutiendo sobre cuáles son las mejores.

 

En el país hay más de doce mil pubs –más o menos uno por cada quinientos habitantes–, y de repente se me iluminó la bombilla. La búsqueda de las mejores pintas de Guinness de Irlanda era un criterio tan bueno como cualquier otro para recorrer la isla, y un tema que fascina a los nativos. En cuanto dejé flotar la pregunta en el aire se inició una discusión, y no precisamente de borrachos, porque la clientela natural del Dohenny and Nesbitt son políticos, periodistas, ejecutivos y gente del teatro que se relajan a la salida del trabajo. Y en cuanto pagué una ronda todo el bar empezó a bombardearme con nombres y direcciones de establecimientos, desde Wexford hasta Ballyshannon y desde Donegal a Tipperary.
Sin embargo, aún no estaba listo para hacer las maletas y dejar Dublín. Primero tenía que conquistar una capital de medio millón de personas, llena de misticismo y romance, de bruma y poesía.


Dublín, entre pasado y presente
En gaélico se llama «la ciudad del puente sobre el estrecho» (Baile Atha Cliath), aunque no hay ningún puente maravilloso, ni tampoco ningún estrecho. Debió de ser en otros tiempos, porque en Dublín el pasado y el presente, la realidad y la ficción, se entemezclan de una manera enrevesada. Un simple recado para comprar sellos en la Oficina General de Correos de la O’Connell Street es un viaje en el túnel del tiempo hasta el Levantamiento de Pascua de 1916, cuando 150 revolucionarios se alzaron contra el colonialismo inglés, se apoderaron del venerable edificio –en cuya fachada quedan todavía las marcas de las balas– y proclamaron la República irlandesa. La rebelión fue aplastada con facilidad, y catorce de los quince cabecillas fueron ejecutados sin misericordia. El único sobreviviente fue un tal Eamon de Valera, profesor de matemáticas nacido en Estados Unidos, de padre español y madre irlandesa, que se opuso a la partición del país cinco años más tarde y acabó convirtiéndose en el gran padre de la patria.
En mi búsqueda de la «pinta perfecta» –un viaje mucho más intelectual de lo que pueda parecer– encontré una ciudad de fabulosas mansiones georgianas de un ladrillo rojo que resalta especialmente bajo el cielo gris, con banderas tricolores, fotos del Papa e imágenes de la Virgen en las ventanas; clasista, pero con un clasismo menos aparente que el inglés; elegante, y con un estado de ánimo tan variante como el tiempo. Seguí los pasos de Joyce y de Yeats, de Swift y de O’Casey, de Wilde y de Shaw.


Fútbol con sabor irlandés

Y cuando quise descansar de tanta literatura, compré una entrada para un partido de fútbol en el estadio de Lansdowne Road, fiándome de la buena fe del revendedor porque todo estaba escrito en gaélico. Los irlandeses son pillos, y resultó que me habían cobrado una pequeña fortuna por un boleto especial para estudiantes, en el gallinero del campo. Cuando llegué a mi sitio, el acomodador me guiñó un ojo: «Un poco mayorcito para ir al colegio, ¿no? Pase, pero no tape a las criaturas». En el descanso de aquel Irlanda-Bélgica me tomé la mejor pinta de cerveza de todo el viaje, y no fue una Guinness.
 

 


Un coche de alquiler con el volante a la derecha, un mapa de carreteras, colinas con ruinas de viejas abadías en lo alto, imponentes castillos como el de Kilkenny –de la dinastía de los Butler, que están emparentados con Anna Bolena y Enrique VIII y cuyos herederos viven en Chicago–, praderas tan verdes que debe de haber alguien sacándoles brillo, torres de iglesia, ruinas prehistóricas, leyendas de milagros y druidas, un sorprendente sol de primavera y tiempo por delante. ¿Se puede pedir algo más?
Próxima parada, Cork, donde me habían hablado de un pub de la Patrick Street que tal vez no tenga la mejor pinta de Guinness del mundo –un viaje demasiado largo desde la fábrica en Dublín–, pero que frecuenta el futbolista del Manchester United Roy Keane, una de las grandes celebridades irlandesas.

 

Lugar de retiro para famosos


Cork, la segunda ciudad del país, es en realidad como un pueblo grande, de alegres colores pastel, que presume de ser el París de Irlanda, aunque la comparación es francamente desafortunada. El único paralelismo que se me ocurre es que atrae a las estrellas de cine inglesas y norteamericanas, que han convertido la región en una especie de Beverly Hills con indescriptibles mansiones. El problema es que las enormes limousines blancas no caben en las anoréxicas carreteras rurales de curvas y más curvas, con vistas al Mar Celta; aquí, los rebaños de ovejas tienen prioridad sobre los coches.
Además de una ciudad agradable, Cork es la puerta al sudoeste de Irlanda, una tierra húmeda, acariciada por la corriente del golfo, y separada de Estados Unidos por miles de kilómetros de un mar con frecuencia brutal, sin ninguna barrera que suavice sus golpes. Me detengo en Kenmare –la capital gastronómica del país, con las ostras más frescas y las vieiras más hermosas del mundo–, pero antes, fiel a mi cruzada, pruebo la cerveza local en un pub de la calle Mayor. En la barra hay un par de sacerdotes picando patatas fritas con sal y vinagre. En una mesa, al fondo, observo a un grupo de monjas dicharacheras, charlando y riendo alegremente. ¿Es acaso imaginable una escena más irlandesa?

 

Irlanda es hoy una sociedad moderna y joven, con una economía dinámica que ha sacado un buen partido de la Unión Europea, fuerte inversión americana, alta tecnología y una renta per cápita superior a la británica. Pero la Iglesia católica sigue siendo una institución casi tan poderosa como el propio Estado, entre otras razones porque estaba ya allí, como la única expresión institucional del nacionalismo, cuando no había Estado.

Un país católico hasta la médula
La Iglesia controla casi por completo escuelas, hospitales y universidades, ha frenado las reformas en materia de divorcio y aborto, y un 86% de los habitantes asegura –sea cierto o no– que van a misa por lo menos una vez por semana. Conceptos como la penitencia, el martirio y la redención son parte del alma irlandesa.

 

 


Vuelta a la carretera, a disfrutar de las inclinadas praderas rocosas salpicadas de lagos del Anillo de Kerry, la bahía de Dingle y los imponentes acantilados de Moher. Sigue haciendo sol; Irlanda me trata bien. Pruebo la cerveza de Galway y Limerick –la ciudad de Las cenizas de Ángela–, y llego en ferry hasta las islas Aran.
En la península de Connemara, uno de los últimos bastiones del idioma gaélico, me quedo un par de días para dar largos paseos por su paisaje amenazador y sombrío, de un verde profundo, campos cicatrizados por muros de piedra y millones de ovejas. Pienso que es aquí donde me gustaría vivir, pensar, recrearme en los recuerdos, tal vez escribir esa novela. En el pub de Clifden no tomo Guinness, ni una cerveza rubia, ni whiskey irlandés; los locales insisten en que pruebe un explosivo licor hecho a base de cebada, levadura, agua y azúcar que se hizo popular en los tiempos de la prohibición.

 


La frontera con Irlanda del Norte es invisible, una maquinación política de la partición que ni siquiera respeta los accidentes geográficos y a veces incluso divide granjas cuyos propietarios dicen orgullosos que «duermen con la cabeza en el Reino Unido y el corazón en Irlanda».

 

 

La partición del territorio
No hay ningún aviso, ni puesto de aduanas. De repente, después de bastantes kilómetros, se advierte que las cabinas telefónicas son rojas, los buzones de correos llevan el emblema real y los bancos se llaman Barclays. El cambio es evidente cuando se llega al primer pueblo grande, porque el cuartel de policía es una fortaleza envuelta en alambre de espino y protegida con sacos de arena. Y no digamos en Belfast, donde las fachadas de muchas casas son murales del IRA o los paramilitares lealistas, y enormes planchas de acero irónicamente llamadas «murallas de la paz» separan los barrios católicos de los protestantes.
Del norte irlandés sólo me queda ver una atracción turística, la Calzada del Gigante. Pero antes, harto ya de cerveza, hago una escala en la destilería de whiskey Bushmills, la más antigua del mundo. Y tal vez sea el efecto del licor, o tal vez no, pero me creo a pies juntillas la leyenda de que un gigante celta colocó las treinta y siete mil columnas hexagonales de basalto para visitar por las noches a una novia que tenía en alguna isla del Atlántico Norte, en Islandia, en la costa escocesa, o quizás en Noruega. ¿Por qué no? Los viajes, al fin y al cabo, son sueños.

 



Regreso a Dublín, doblo los mapas y guardo los libros. Para despedirme, vuelvo al mismo pub de la Grafton Street donde empecé el viaje. Algunas caras me resultan conocidas pero nadie me saluda. No tengo ganas de enrollarme. Llueve. Pido mi última media pinta de Guinness, simplemente por ser fiel a la tradición, y reconozco que soy incapaz de decir si es mejor o peor que cualquier otra. Esa sabiduría se la dejo a los irlandeses.

 


 

 

 


Encantadora alma irlandesa

 

Lo que sí he descubierto es un país joven y alegre, donde se bebe mucho y se habla más; con gente dinámica y a la vez melancólica que sabe ridiculizarse a sí misma y tiende a exagerar, inocente y cruel, capaz de dar el alma y de matar por un símbolo, de soñadores y literatos, de escudos y leyendas, en conflicto permanente, marcada a fuego por el catolicismo, llena de pecados y de penitencia. Irlanda es un país trágico y sorprendentemente optimista.

 

 

Recuerdo lo que me dijo unborracho en un pub cualquiera de los visitados: «Sólo hay que preocuparse de dos cosas, o estás sano o estás enfermo. Si estás sano no hay de qué preocuparse. Si estás enfermo hay dos cosas de qué preocuparse, o te vas a curar o te vas a morir. Si te vas a curar no hay de qué preocuparse. Si te vas a morir hay dos posibilidades, o irás al cielo o irás al infierno. Si vas al cielo no hay de qué preocuparse. Y si vas al infierno estarás tan ocupado saludando a los amigos que no tendrás tiempo de preocuparte de nada». Excepto, quizá, de dónde se bebe la mejor Guinness del mundo. A su salud.
    

Amanece


Amanece hoy, y ayer, y la claridad busca refugio tras oscuras tormentas: tiene miedo de ver. Sin embargo se asoma, tímida, tenue, acaricia todos los cuerpos, llega a los extremos más ocultos, y sonríe: sonríe porque un día más ha llegado su imperio.Sale al encuentro de su amada noche, se besan, se abrazan, se funden en un solo cielo y luego se despiden, se alejan para poder esperarse nuevamente y así seguir amándose.



Gracias Seykron por permitir enriquecer mi blog con algunos de tus escritos que tanto me gustan.