Ashford Castle – Castillo de Ashford

Ashford Castle: Hace tiempo, mucho tiempo…. os comenté que escribiría sobre castillos de Irlanda y creo que por fin podré cumplir aquel deseo.

No descubro nada nuevo si os digo que Irlanda tiene multitud de castillos, muchos en muy buen estado de conservación, muchos en ruinas, y otros tantos utilizados hoy día como viviendas habituales, incluso hoteles, como es el caso, desde 1939, del irrepetible Ashford Castle.

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Charleville Castle – Dudley Stewart – Mi Castillo es tu Castillo

Charleville Castle EntornoAcabo de volver  de Irlanda, ha sido una  pequeña escapada de poco tiempo, pero he visitado algunos de mis rincones favoritos, y  por supuesto he pasado por  Charleville Castle.

 
El  31 de julio pasado  hice una entrada sobre este Castillo, podéis  recordarla aquí: Charleville: realidad o fantasía.


Mi llegada al castillo teniendo en cuenta que  en esta época del año, en Irlanda se hace de noche, pero noche cerrada a las 17 horas, y los días nublados que suelen ser todos, un poco antes… Pues teniendo eso en cuenta, y que gracias a no hacer caso al gps me perdí por carreteritas de las que me encantan, pero que son tan estrechas que no permite ir muy rápido… pues  llegué al castillo bien entrada la oscuridad,  sobre las 18.30

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Charleville Castle y sus Bosques – Realidad o Fantasia –

Entre mis castillos favoritos irlandeses de los que ya os iré hablando, mi preferido es este, Charleville. Es un castillo gótico que fue construido en el siglo XV, obra maestra de Francis Johnston.

 

 

 

 

El Castillo de Charleville, esta situado dentro de un bosque verdaderamente de cuento de hadas, esa fue mi impresión la primer vez que lo vi, bueno también las siguientes veces que he visitado este lugar, con robles tan viejos que algunos alcanzan los 1000 años, abedules, hayas.. cuando cruzas este bosque se siente algo especial, una serenidad…. una forma de estar en el mundo diferente no sé explicarlo, eso sí, es una sensación fascinante.

 

 

Cuando llegas a una especie de claro, allí impresionante esta Charleville, es una visión que impacta, no por la grandeza del castillo, pues no es uno de los mas grandes de Irlanda, por supuesto los hay muchísimo mas impresionantes por tamaño como seria el caso de Ashford del que ya os hablare,no, no es el caso de Charleville. Charleville impresiona por algo especial que no sabría, ni sé explicarlo.

 

 

 

En mi primer visita a Charleville, conocí a Ana una chica hispano-francesa, que colaboraba con Dudley Stewart,el restaurador del castillo, y persona muy agradable que junto a Ana, me facilitaron visitar el castillo de una manera personal, es decir, visite estancias que normalmente no están disponibles para visitas exteriores, entre ellas un pasadizo secreto que sale de la biblioteca, una sala circular, y revestida de madera, verdaderamente maravillosa, y donde ellos tiene sus ordenadores de trabajo, hasta una salida al exterior a la zona de atrás del castillo. Fue interesantisimo ver el castillo de aquella manera, no habia nadie, solo Dudley, Ana y yo.

 

 

Ana me contó muchas historias que circulan sobre el castillo, como por ejemplo que el espíritu de una niña que vivió en el castillo, y que perdió la vida al bajar deslizandose por una escalera, se sigue apareciendo. Charleville es uno de los castillos irlandeses que cuenta con mas fenómenos extraños que suceden en muchos de nuestros castillos. En bastantes ocasiones grupos de gente especializada en el tema, según me contó Ana, han efectuado estudios en Charleville con resultados realmente asombrosos. Ella misma me contó alguna cosita extraña que le ha sucedido, pero al mismo tiempo me dijo que vivía muy tranquila en ese castillo y que no sentía miedo alguno.

 

 

Sinceramente la admiré, por que estoy segura que yo no hubiera dormido nunca en aquella habitación redonda, también totalmente forrada de tela colo granate oscuro, cortinas tremendas, y entre otros adornos, una figura a tamaño casi natural de una monja que tenia detrás de la cabecera de la cama, sinceramente quede impactada al ver el cuarto. Las siguientes veces que estuve en esa habitación la mojna había desaparecido…. no del todo, pues la vi en otra estancia del castillo.

 

Bueno, a mi tambien me pasaron cositas extrañas, o mas bien diré que fueron casualidades, pero que realmente en ese ambiente piensas de todo… La última vez que visité Charleville, llegue como siempre sola, no había nadie fuera y llamé, Dudley Stweart salio a recibirme me dijo que Ana no volveria hasta el lunes, se fue de fin de semana, pero como siempre muy amablemente me invito a volver a visitar el castillo para ver algunos cambios, Dudley fue llamado para atender unos asuntos y me permitió seguir mi visita por el castillo, fue una experiencia realmente impresionante.

 

 

Dudley Stewart, esta trabajando mucho en la restaurancion de este castillo. Fue muy dañado en tiempos, pues los dueños del castillo para no pagar impuestos dejaron caer los tejados- en Irlanda al menos en aquellos tiempos- si una vivienda, incluidos los castillos no tenían techos no se pagaban impuestos, y muchos dueños los tiraban, con el consiguiente deterioro.

 

Ana es una voluntaria que trabaja en el castillo para su mejora y por supuesto su bandera como colaboradora esta puesta en el jardín de entrada junto a las banderas de otros colaboradores que ya pasaron por Charleville. El castillo sigue necesitando colaboradores, y siempre hay estudiantes y personas cualificadas que solicitan poder trabajar como voluntarios en el castillo. Los voluntarios viven en el castillo, y en agradecimiento se pone en el jardín de entrada la bandera de su país.

 

 

Actualmente el Castillo de Charleville necesita ayuda, ayuda muy especial. Hay una gran amenaza, pues pretenden destruir parte del bosque que lo rodea para hacer una carretera. Dudley Stewart, hace algún tiempo pidió la colaboración de todo el mundo, para impedir que esa nueva carretera atravesara los fantásticos bosques de este castillo, se que lo ha intentado todo para impedir esta atrocidad, pero parece que toda la ayuda es poca, y desde aquí hago un llamamiento a todos.

 

 

"Offaly County Council anunció recientemente, -esta nota tiene fecha 5 de junio 2008-, que la Tullamore Bypass seguirá adelante y se cortara por el centro de la Desmesne, es decir dividirán el bosque por la mitad. Se construirán tres grandes rotondas frente al castillo, con torres de iluminación en funcionamiento toda la noche. Y la puerta original y fantástica "Mucklagh" sera destruida."

 

 

Muchas personas están colaborando para intentar parar esa carretera, enviado cartas de protesta a planning@irishgeorgiansoc.org ¿ Quieres colaborar?

 

 

Esta entrada está dedicada a Ana y a Dudley Stewart personas que conocí en este fantastico castillo. Que trabajan en la restauración de Charleville sin ningún ánimo de lucro, dando lo mejor que hay en ellos. También deseo dedicar esta entrada a todos los voluntarios que ha colaborado y colaboraran en un futuro para que Charleville Castle sea lo que nunca debe dejar de ser….. Un Castillo Fantástico con sus Bosques Intactos.

 

 

Malahide Castle – Un Castillo de Cuento- En Dublín

Asi es, los dueños y señores del castillo de Malahide durante casi 800 años, desde 1185 hasta 1976, fueron los Talbot. Con sólo la excepción del periodo de Oliver Cromwell entre 1649 y 1660.

Fue en 1174 cuando Enrique II regalo a Richard Talbot un caballero que lo acompañó  a Irlanda, las tierras y el puerto de Malahide.

Tras la muerte del séptimo Barón Talbot en 1975 el castillo pasó a manos de su hermana Rose que lo vendió al consejo del Condado de Dublín como pago de los impuesto de sucesión. El castillo y los terrenos circundantes ocupan 100 hectáreas.

Las construcciones más importantes del castillo pertenecen al siglo XIV.Como corresponde al castillo habitado más viejo de Irlanda, Malahide Castle tiene muchas tradiciones fantasmales. Muchos castillos históricos y casas en Irlanda tienen algun fantasma, pueden tener dos quizá hasta tres, pero Malahide Castle tiene cinco.

Uno es el espectro del joven Lord Galtrim, Sir. Walter Hussey, hijo del Barón de Galtrim, que en el siglo XV fue muerto el día de su boda. Este señor Galtrim pasea a través del Castillo por la noche apuntando con una lanza la herida en su cara y sus gemidos son terribles. Él se supone que acecha el castillo para mostrar su resentimiento hacia su joven novia, que se casó con su rival inmediatamente después de que el diera su vida en defensa y honor de su felicidad. 

Otro de los fantasmas de Melahide es el de la Dama Maud Plunkett que lleva el aspecto de cuando se caso con el lord presidente del tribunal, su tercer marido. Este espiritu es algo notorio por que en sus apariciones, fantasmales llama a su marido por los correndores del castillo.

 

El tercero es el fantasma del propio Presidente del Tribunal Supremo, que aparece para aportar a su cónyuge espectral la oportunidad de hacer un poco de ejercicio nocturno.

 

El cuarto fantasma es más interesante, históricamente hablando. se trata de Miles Corbett,a quien Cromwell dio el castillo y los bienes durante su protectorado. En la Restauración Miles fue privado de su propiedad y castigado a pagar la pena de los muchos crímenes que había cometido durante su ocupación, y que incluyó la profanación de la capilla de la antigua abadía, cerca del castillo.

Fue ahorcado, y cuarteado y su fantasma cuando aparece por primera vez lo hace siendo un soldado perfectamente vestido con armadura, pero luego se divide en cuatro pedazos ante los ojos de alguien que tiene la desagradable experiencia de encontrarse con él.

 

La historia del quinto fantasma es un tanto tragica a la vez que fantasiosa. En el siglo XVI, como corresponde a una familia de importancia, los Talbots tenian siempre un bufon entre su séquito de sirvientes. Uno de estos bufones, cuyo nombre era "Puck", se enamoró de Elenora Fitzgerald,una dama del rey, que fue detenida en el Castillo de Enrique VIII a causa de sus tendencias rebeldes. En una noche  nevada   de Diciembre el bufon fue encontrado cerca de las paredes del Castillo apuñalado en el corazón, una trágica figura del bufon con su traje, su capa y sus campanillas.

Antes de su muerte hizo un juramento:el castillo quedaria encantado hasta que un rey eligiese una novia de entre la gente del pueblo,pero permitia que los Talbot varones pudiesen dormir bajo el techo del castillo. El Pobre Puck y su última aparición parece ser fue durante la venta del contenido del Castillo en mayo de 1976. Aunque algunos dicen haber visto recientemente su pequeña figura haciendo su aparición en muchas fotografías del castillo y una excelente fotografía muestra su vieja cautivadora y arrugada cara entre la hiedra de la pared.

El castillo con sus 800 años de edad, y su historia familiar es habitado por muchos desconocidos e invisibles espiritus, cuya presencia se puede sentir en cada habitacion.



 

De Castillo a Abbey Kylemore -Un castillo por Amor-

Cerca del parque natural de Connemara, en un paisaje único, y en la ladera de una pequeña montaña se encuentra lo que en su día fue un castillo y hoy es una Abadía… Kylemore Abbey

El Castillo de Kylemore fue construido por Mitchell y Margaret Henry, tardando cuatro años en ser terminado de 1867-1871. Mitchell Henry había heredado una fortuna y usó ese dinero para construir un magnifico castillo con jardines, paseos, y bosques. Este castillo fue construido como regalo de Mitchell Henry a su esposa.


Los Henry tuvieron 9 hijos y disfrutaron de una vida feliz y tranquila en Kylemore hasta la muerte prematura de Margaret Henry,en 1874. Después del suceso, Mitchell Henry dedicó su vida a su familia, sus obreros y su carrera política. Vivió algunos años mas en el castillo, pero por la falta de su esposa, termino vendiéndolo.


Los nuevos propietarios fueron los Duques de Manchester. Después el castillo paso por un corto periodo a Ernest Fawke un banquero de Londres. Y en 1920 el castillo de Kylemore fue vendido nuevamente, y adquirido  por las Monjas Benedictinas siendo convertido  en abadía.

La Abadía de Kylemore es la más antigua de las comunidades Benedictinas de Irlanda. La comunidad de monjas que vive aquí desde 1920, tiene una larga historia que se remonta a más de 340 años.

A través de los siglos la abadía atrajo a las hijas de la nobleza irlandesa como estudiantes. Ahora la Abadía de Kylemore es un internado internacional con un alumnado de todos los rincones del mundo.

Donde esta ubicada la Abadía, es una zona de las mas bonitas de Connemara, con un lago que como un espejo refleja el edificio en sus aguas…dando una agradable sensación a la vista , así como los jardines victorianos, y los bosques que la rodean… es un paisaje de extrema belleza.

IRLANDA

Estamos finalizando el año,   y  quería   hacer un  resumen sobre todo lo que he ido escribiendo en este blog   sobre mi queridísima tierra irlandesa….. un  resumen objetivo sobre Irlanda….pero  me  estaba resultando  bastante difícil….. ya que mi objetividad frente a Irlanda  es nula,  tengo que  reconocerlo……

 

Leyendo el National Geographic….  encontré  este  artículo escrito por Rafael  Ramos,  corresponsal de la Vanguardia  en Gran Bretaña….  me pareció  interesante  y lo  transcribo  al blog…

 

IRLANDA

En busca de las mejores pintas de Guinness, el autor nos guía por este país de brumas y costa recortada sin ningún refinamiento, donde realidad y ficción se mezclan sin disimulo.

Por Rafael Ramos
Los viajes empiezan mucho antes de poner el pie en la tierra prometida; cuando surge la idea, se hacen los preparativos y la mente empieza a volar. Incluso hay veces que esa parte es la mejor, ya que la realidad no responde luego a las expectativas. No es el caso de Irlanda.


Mi viaje comenzó en Londres, en un pub irlandés de la Kilburn Road –donde luego supe que miembros de un comando local del IRA se reunían los domingos a tomar la cervecilla–, un día de San Patricio, entre camisetas verdiblancas del Celtic de Glasgow y cánticos de una melancolía abrumadora. Y tras un par de meses de mucha lectura y muchos sueños, en ese estado de agradable anticipación que precede a los viajes, finalmente aterricé en Dublín, con una lista interminable de cosas que ver y hacer, y la llovizna perenne de estas islas.

 



En busca de la tierra prometida

Me instalé en un agradable hotel, propiedad de Bono –el cantante de U2–, a orillas del río Liffey y, ante la mirada perpleja de la concurrencia, desplegué un mapa del país sobre la barra del bar. Un guiri es un guiri en todas partes.
 

De las muchas fórmulas de la felicidad, no conozco ninguna tan infalible como el equilibrio entre uno mismo, su tiempo y su espacio. Tal vez también un poco de amor, pero no hay que ser ambicioso. Lo cierto es que aquella noche lluviosa yo tenía por delante tiempo, espacio y una tierra por descubrir, no quería saber nada del amor y me sentía la persona más feliz del mundo. Sólo necesitaba una ruta, un criterio para mi viaje. Había tomado notas, subrayado y hecho cruces. Sabía muchas cosas sobre Irlanda, pero no sabía por dónde empezar.

 

 


Una de las cualidades irlandesas es que los pubs cierran más tarde que en Inglaterra. Así que cogí los bártulos en busca de inspiración y me dirigí a Dohenny and Nesbitt, un chiringuito encantador de Grafton Street que presume de tener la mejor Guinness de Dublín. Una buena pinta del «oro negro» irlandés requiere una técnica muy sofisticada; entran en juego la temperatura a la que se almacenan los barriles de cerveza, la distancia desde la bodega al grifo, la presión a la que se sirve y el tipo de cristal del vaso; asimismo, tiene que ser a la vez cremosa y suave como el terciopelo. Los dublineses son capaces de pasarse horas discutiendo sobre cuáles son las mejores.

 

En el país hay más de doce mil pubs –más o menos uno por cada quinientos habitantes–, y de repente se me iluminó la bombilla. La búsqueda de las mejores pintas de Guinness de Irlanda era un criterio tan bueno como cualquier otro para recorrer la isla, y un tema que fascina a los nativos. En cuanto dejé flotar la pregunta en el aire se inició una discusión, y no precisamente de borrachos, porque la clientela natural del Dohenny and Nesbitt son políticos, periodistas, ejecutivos y gente del teatro que se relajan a la salida del trabajo. Y en cuanto pagué una ronda todo el bar empezó a bombardearme con nombres y direcciones de establecimientos, desde Wexford hasta Ballyshannon y desde Donegal a Tipperary.
Sin embargo, aún no estaba listo para hacer las maletas y dejar Dublín. Primero tenía que conquistar una capital de medio millón de personas, llena de misticismo y romance, de bruma y poesía.


Dublín, entre pasado y presente
En gaélico se llama «la ciudad del puente sobre el estrecho» (Baile Atha Cliath), aunque no hay ningún puente maravilloso, ni tampoco ningún estrecho. Debió de ser en otros tiempos, porque en Dublín el pasado y el presente, la realidad y la ficción, se entemezclan de una manera enrevesada. Un simple recado para comprar sellos en la Oficina General de Correos de la O’Connell Street es un viaje en el túnel del tiempo hasta el Levantamiento de Pascua de 1916, cuando 150 revolucionarios se alzaron contra el colonialismo inglés, se apoderaron del venerable edificio –en cuya fachada quedan todavía las marcas de las balas– y proclamaron la República irlandesa. La rebelión fue aplastada con facilidad, y catorce de los quince cabecillas fueron ejecutados sin misericordia. El único sobreviviente fue un tal Eamon de Valera, profesor de matemáticas nacido en Estados Unidos, de padre español y madre irlandesa, que se opuso a la partición del país cinco años más tarde y acabó convirtiéndose en el gran padre de la patria.
En mi búsqueda de la «pinta perfecta» –un viaje mucho más intelectual de lo que pueda parecer– encontré una ciudad de fabulosas mansiones georgianas de un ladrillo rojo que resalta especialmente bajo el cielo gris, con banderas tricolores, fotos del Papa e imágenes de la Virgen en las ventanas; clasista, pero con un clasismo menos aparente que el inglés; elegante, y con un estado de ánimo tan variante como el tiempo. Seguí los pasos de Joyce y de Yeats, de Swift y de O’Casey, de Wilde y de Shaw.


Fútbol con sabor irlandés

Y cuando quise descansar de tanta literatura, compré una entrada para un partido de fútbol en el estadio de Lansdowne Road, fiándome de la buena fe del revendedor porque todo estaba escrito en gaélico. Los irlandeses son pillos, y resultó que me habían cobrado una pequeña fortuna por un boleto especial para estudiantes, en el gallinero del campo. Cuando llegué a mi sitio, el acomodador me guiñó un ojo: «Un poco mayorcito para ir al colegio, ¿no? Pase, pero no tape a las criaturas». En el descanso de aquel Irlanda-Bélgica me tomé la mejor pinta de cerveza de todo el viaje, y no fue una Guinness.
 

 


Un coche de alquiler con el volante a la derecha, un mapa de carreteras, colinas con ruinas de viejas abadías en lo alto, imponentes castillos como el de Kilkenny –de la dinastía de los Butler, que están emparentados con Anna Bolena y Enrique VIII y cuyos herederos viven en Chicago–, praderas tan verdes que debe de haber alguien sacándoles brillo, torres de iglesia, ruinas prehistóricas, leyendas de milagros y druidas, un sorprendente sol de primavera y tiempo por delante. ¿Se puede pedir algo más?
Próxima parada, Cork, donde me habían hablado de un pub de la Patrick Street que tal vez no tenga la mejor pinta de Guinness del mundo –un viaje demasiado largo desde la fábrica en Dublín–, pero que frecuenta el futbolista del Manchester United Roy Keane, una de las grandes celebridades irlandesas.

 

Lugar de retiro para famosos


Cork, la segunda ciudad del país, es en realidad como un pueblo grande, de alegres colores pastel, que presume de ser el París de Irlanda, aunque la comparación es francamente desafortunada. El único paralelismo que se me ocurre es que atrae a las estrellas de cine inglesas y norteamericanas, que han convertido la región en una especie de Beverly Hills con indescriptibles mansiones. El problema es que las enormes limousines blancas no caben en las anoréxicas carreteras rurales de curvas y más curvas, con vistas al Mar Celta; aquí, los rebaños de ovejas tienen prioridad sobre los coches.
Además de una ciudad agradable, Cork es la puerta al sudoeste de Irlanda, una tierra húmeda, acariciada por la corriente del golfo, y separada de Estados Unidos por miles de kilómetros de un mar con frecuencia brutal, sin ninguna barrera que suavice sus golpes. Me detengo en Kenmare –la capital gastronómica del país, con las ostras más frescas y las vieiras más hermosas del mundo–, pero antes, fiel a mi cruzada, pruebo la cerveza local en un pub de la calle Mayor. En la barra hay un par de sacerdotes picando patatas fritas con sal y vinagre. En una mesa, al fondo, observo a un grupo de monjas dicharacheras, charlando y riendo alegremente. ¿Es acaso imaginable una escena más irlandesa?

 

Irlanda es hoy una sociedad moderna y joven, con una economía dinámica que ha sacado un buen partido de la Unión Europea, fuerte inversión americana, alta tecnología y una renta per cápita superior a la británica. Pero la Iglesia católica sigue siendo una institución casi tan poderosa como el propio Estado, entre otras razones porque estaba ya allí, como la única expresión institucional del nacionalismo, cuando no había Estado.

Un país católico hasta la médula
La Iglesia controla casi por completo escuelas, hospitales y universidades, ha frenado las reformas en materia de divorcio y aborto, y un 86% de los habitantes asegura –sea cierto o no– que van a misa por lo menos una vez por semana. Conceptos como la penitencia, el martirio y la redención son parte del alma irlandesa.

 

 


Vuelta a la carretera, a disfrutar de las inclinadas praderas rocosas salpicadas de lagos del Anillo de Kerry, la bahía de Dingle y los imponentes acantilados de Moher. Sigue haciendo sol; Irlanda me trata bien. Pruebo la cerveza de Galway y Limerick –la ciudad de Las cenizas de Ángela–, y llego en ferry hasta las islas Aran.
En la península de Connemara, uno de los últimos bastiones del idioma gaélico, me quedo un par de días para dar largos paseos por su paisaje amenazador y sombrío, de un verde profundo, campos cicatrizados por muros de piedra y millones de ovejas. Pienso que es aquí donde me gustaría vivir, pensar, recrearme en los recuerdos, tal vez escribir esa novela. En el pub de Clifden no tomo Guinness, ni una cerveza rubia, ni whiskey irlandés; los locales insisten en que pruebe un explosivo licor hecho a base de cebada, levadura, agua y azúcar que se hizo popular en los tiempos de la prohibición.

 


La frontera con Irlanda del Norte es invisible, una maquinación política de la partición que ni siquiera respeta los accidentes geográficos y a veces incluso divide granjas cuyos propietarios dicen orgullosos que «duermen con la cabeza en el Reino Unido y el corazón en Irlanda».

 

 

La partición del territorio
No hay ningún aviso, ni puesto de aduanas. De repente, después de bastantes kilómetros, se advierte que las cabinas telefónicas son rojas, los buzones de correos llevan el emblema real y los bancos se llaman Barclays. El cambio es evidente cuando se llega al primer pueblo grande, porque el cuartel de policía es una fortaleza envuelta en alambre de espino y protegida con sacos de arena. Y no digamos en Belfast, donde las fachadas de muchas casas son murales del IRA o los paramilitares lealistas, y enormes planchas de acero irónicamente llamadas «murallas de la paz» separan los barrios católicos de los protestantes.
Del norte irlandés sólo me queda ver una atracción turística, la Calzada del Gigante. Pero antes, harto ya de cerveza, hago una escala en la destilería de whiskey Bushmills, la más antigua del mundo. Y tal vez sea el efecto del licor, o tal vez no, pero me creo a pies juntillas la leyenda de que un gigante celta colocó las treinta y siete mil columnas hexagonales de basalto para visitar por las noches a una novia que tenía en alguna isla del Atlántico Norte, en Islandia, en la costa escocesa, o quizás en Noruega. ¿Por qué no? Los viajes, al fin y al cabo, son sueños.

 



Regreso a Dublín, doblo los mapas y guardo los libros. Para despedirme, vuelvo al mismo pub de la Grafton Street donde empecé el viaje. Algunas caras me resultan conocidas pero nadie me saluda. No tengo ganas de enrollarme. Llueve. Pido mi última media pinta de Guinness, simplemente por ser fiel a la tradición, y reconozco que soy incapaz de decir si es mejor o peor que cualquier otra. Esa sabiduría se la dejo a los irlandeses.

 


 

 

 


Encantadora alma irlandesa

 

Lo que sí he descubierto es un país joven y alegre, donde se bebe mucho y se habla más; con gente dinámica y a la vez melancólica que sabe ridiculizarse a sí misma y tiende a exagerar, inocente y cruel, capaz de dar el alma y de matar por un símbolo, de soñadores y literatos, de escudos y leyendas, en conflicto permanente, marcada a fuego por el catolicismo, llena de pecados y de penitencia. Irlanda es un país trágico y sorprendentemente optimista.

 

 

Recuerdo lo que me dijo unborracho en un pub cualquiera de los visitados: «Sólo hay que preocuparse de dos cosas, o estás sano o estás enfermo. Si estás sano no hay de qué preocuparse. Si estás enfermo hay dos cosas de qué preocuparse, o te vas a curar o te vas a morir. Si te vas a curar no hay de qué preocuparse. Si te vas a morir hay dos posibilidades, o irás al cielo o irás al infierno. Si vas al cielo no hay de qué preocuparse. Y si vas al infierno estarás tan ocupado saludando a los amigos que no tendrás tiempo de preocuparte de nada». Excepto, quizá, de dónde se bebe la mejor Guinness del mundo. A su salud.
    

Castillo de Kilkenny

El castillo de Kilkenny fue construido primero en 1172 como una torre de madera por un anglonormando conocido como Strongbow durante la invasión normanda de Irlanda. Sin embargo, Strongbow fue forzado a retirarse a Waterford y el castillo fue destruido. No fue hasta 1195 que William Marshall, el yerno de Strongbow, regresó a Kilkenny y reconstruyó el castillo sobre una base mucho más grande. Construyó el primer castillo de piedra sobre el solar con cuatro torres, una en cada esquina, tres de ellas todavía siguen hoy en pie.

En 1391, la familia Butler, condes de Ormonde, compró el castillo y vivieron allí constantemente hasta 1935. Esta familia normanda influyente había fundado una alianza con la corona inglesa en el siglo XIV que continuó durante los 700 años en que habitaron Castillo de Kilkenny.

En 1650, el castillo recibió un ataque grave del ejército de Cromwell que intentaba invadir Kilkenny. Los atacantes descubrieron pronto que era imposible y cesaron su ataque sobre el castillo, pero encontraron otra entrada a la ciudad.

En 1955, la familia Butler decidieron dejar el castillo y tuvo lugar una subasta de todos los artículos de interior en el castillo. Después de cinco días de subasta, solamente la colección de pinturas de la familia y los tapices se quedaron.

Finalmente, después de casi 20 años de abandono, Arthur Butler, el 24 Earl de Ormonde, vendió el castillo de Kilkenny al comité de restauración nacional por la suma simbólica de 50 libras irlandesas. (unos 64 € ).