Glendalough -Gleann dá Logh- Valle de los dos Lagos

Otro lugar para perderse….


En Wicklow, al sur  de sus montes, donde todos los paisajes y colores de Irlanda se concentran, donde solitarios valles, bosques, lagos  y senderos secretos se suceden,  a veces entrecortados por verdísimas praderas… se encuentra uno de los lugares más místicos, y bellos de Irlanda. Es uno de mis lugares favoritos… pocas cosas  hay como pasear por algunos de estos senderos solitarios…oliendo a hierba y tierra mojada…o caminar al borde de cualquiera de sus lagos. Es una maravilla…  

La  belleza romántica y apacible de Glendadough " El valle de los dos Lagos" parece apartado del mundo… como protegido por sus montañas, este mágico lugar atrajo en el siglo VI a un piadoso ermitaño.. san  Kevin

Kevin, se hizo su casa en una caverna a orillas de uno de los lagos, el que esta situado mas arriba del valle, sentando a su pesar las bases de una gran y gloriosa ciudad monástica.  Esta  caverna – Saint Kevin’s Bed- es accesible en barca.

La mayoría de las construcciones se concentran cerca del lago inferior, en la ciudad monástica. Se  accede a través de la antigua puerta,  el edificio que servia de entrada al monasterio, y desde allí atravesando el cementerio, que bueno… a mi me parece precioso con aquellas piedras y cruces de tantos siglos…bueno es que así contado no se hace uno la idea de lo que se siente estando allí…pues cruzando este cementerio, se llega a la catedral la mas grande de las iglesias de Glendalough construida en el siglo X. Todavía hay tallas originales, aunque me contaron que muchas  han desaparecido.

La torre circular – Round Tower-es la mas conocida de Irlanda, tiene 30 metros de alto, servia de torre de vigía.  En caso de ataque, la pequeña comunidad monástica, se refugiaban en el interior con la ayuda de una escalera de mano…pues la puerta está a tres metros del suelo.  La  leyenda dice que en tiempos de las invasiones vikingas  los monjes escondían  allí su oro.


Cerca, esta el lago de Luggala, también se conoce por  Lough  Tay.  Es uno de los paisajes mas bonitos, aunque es difícil  catalogarlo así  entre tanta belleza….es impresionante ver este lago al alba o al crepúsculo. El lago se extiende en el fondo de un pequeño valle rodeado de altas colinas salvajes. es de una belleza sobrecogedora.

Alguna vez me han contado, que su forma evoca vagamente un  arpa -símbolo de Irlanda-  En una de las orillas, detrás de un  grupo de árboles se esconde una casa de campo irlandesa de la que se adivina apenas la silueta, se trata de Luggala Lounge, el antiguo  pabellón de caza de la familia Guinness -los celebres cerveceros-. Lo mas curioso es que las aguas negruzcas del lago  terminan en una playa de arena color crema….. el conjunto evoca  así una pinta de Guinness…
casualidades….

En 1951 el director de cine John Huston …(del que también escribí en entradas correspondientes al cine de Irlanda) vino   por primera vez a Irlanda invitado por lady Oonagh Oranmore, una de las tres hermanas Guinness. Pasó sus primeras noches en esta mansión construida por los antepasados de lady Oonagh: dice Huston "Al día siguiente, al alba, fui a la ventana y vi un espectáculo que no he olvidado jamás. A través de los pinos descubrí, a orillas de un arroyo, una vasta extensión  cubierta de caléndulas naranjas y más allá !sorpresa! una playa de arena blanca bordeando un lago negro. Supe después que la arena había sido traída de una orilla del mar de Irlanda.  El lago  estaba dominado, vertiginosamente, por una montaña de roca sombría que envolvía como un chal un brezal púrpura. He vuelto a menudo a Luggala, pero esta primera impresión me quedó grabada para siempre. Desde ese instante, Irland
a  me había conquistado".

 
En este lago de Luggala, fue rodado el principio de la película Excalibur – la espada que sale del agua- y el fin de la historia, cuando Perceval la tira a las sombrías aguas del lago.  El combate entre Arturo y  Lancelot, tuvo lugar también en otro rincón de mi queridísimo  Wicklow, un lugar muy bonito que se llama Powerscourt.



Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde -Escritor Irlandés-

Oscar Wilde nació en Dublín en 1854. Su padre, sir William Wilde, fue un afamado médico que llegó a convertirse en el oculista de la reina Victoria; su madre, Jane Francesca Elgee, era una nacionalista irlandesa que escribió, bajo el seudónimo de Speranza, artículos revolucionarios en los que llamaba a los irlandeses a levantarse contra Inglaterra.

 

Oscar fue educado en prestigiosos y estrictos colegios, Portora Royal School de Enniskillen,  Trinity College de Dublín  donde estudió a los clásicos hasta 1874 Su rendimiento sobresaliente lo llevó a ganar tres años más tarde la "Medalla de Oro Berkeley", el mayor premio para los estudiantes de clásicos de este colegio, por su trabajo en griego  sobre poetas griegos,   y Magdalen College de Oxford,   Su poema Ravenna le permitió adjudicarse el "Oxford Newdigate Prize" en junio de1878. Finalmente, en noviembre de 1878 obtuvo el título de Bachelor of Arts  graduándose con la mayor nota posible.

 

Wilde, un apasionado del movimiento estético, se preocupó mucho de su apariencia. Aunque algunos lo admiraban e imitaban, otros muchos lo tacharon de ridículo.


En el Magdalen College, Wilde se dejó el pelo largo, despreciaba los deportes llamados “masculinos” y decoró sus habitaciones en el College con plumas de pavo real, lirios, girasoles y porcelana erótica. En sus trajes siempre llevaba una flor en el ojal. Oscar escogió dos flores que  pusieron de moda: el girasol y el lirio. Cuando la flor era demasiado grande para el ojal, la llevaba en la mano. En   ocasiones,  vestía pantalón corto y medias de seda.

Sin embargo, su estilo fue abriéndose camino en algunos sectores de la sociedad inglesa que comenzaron a imitar su actitud lánguida y su extraño vestuario: traje negro con chaqueta de terciopelo, camisa con cuello a lo Byron, chorrera y puños de encaje, zapatos de charol con hebillas de plata y una chalina verde o roja. Evidentemente el humor inglés no podía desaprovechar a un personaje tan original. La prensa británica se encarnizó con él, pero estos ataques, más o menos ingeniosos, no hicieron sino darle mucha más publicidad.

 


En Londres conoció a Constance Lloyd, hija de Horace Lloyd, consejero de la reina. Durante una visita de Constance a Dublín en la que ambos coincidieron . Finalmente, se casaron el 29 de mayo de 1884.    La pareja tuvo dos hijos: Cyril, que nació en junio de 1885, y Vyvyan, nacido en noviembre de 1886.

Wilde, a pesar de las críticas, cosechó un gran éxito durante su vida. Tuvo la suerte de ver cómo gustaban sus libros de poemas, sus obras teatrales y era recibido en las mansiones de las familias más distinguidas. Fue también invitado a dar conferencias, algunas de ellas en los Estados Unidos.

 

Tuvo un enorme éxito en Nueva York, Filadelfia o Boston. En esta última ciudad unos estudiantes de Harvard quisieron boicotear su conferencia y aparecieron vestidos de forma ridícula, intentando parodiar la indumentaria de Wilde, con pelucas de largos cabellos y lirios o girasoles en los ojales. Sin embargo, Wilde, que estaba avisado, vistió un sencillo y elegante traje de etiqueta. Se dirigió a los estudiantes elogiando su elegancia y, una vez que terminó la conferencia, su encanto personal y la brillantez de sus palabras cautivaron a todo el público, especialmente a aquellos bromistas estudiantes.

 

Él recordaría con mucha más admiración la conferencia que dio en Leadville, en las Montañas Rocosas, a rudos e incultos mineros. Wilde contó que en el salón de baile y bar había un cartel, colocado sobre el piano, en el que se leía:

 "Se ruega al público no dispare contra el pianista, que lo hace lo mejor que puede"

 

En 1895, cuando se encontraba en el momento más culminante de su carrera, invitado de honor en las familias más influyentes y distinguidas, se convirtió en el protagonista de uno de los procesos judiciales más famosos del siglo, que escandalizó a la sociedad de la Inglaterra victoriana. Wilde, mantuvo una relación con Lord Alfred Douglas, y el padre de éste, el marqués de Queensberry, lo acusó.  Fue declarado culpable en el juicio y condenado a dos años de trabajos forzados. Sin embargo, Lord Alfred Douglas no fue perseguido ni condenado.

 

 


 

Su dura experiencia en prisión la recogió en dos obras: De Profundis, que no fue publicado de forma íntegra hasta el año 2000, cien años después de la muerte deWilde, a instancias de su nieto Merlin Holland,  carta llena de resentimiento dirigida a Lord Alfred Douglas, y Balada de la cárcel de Reading, poema conmovedor que le inspiró el  ahorcamiento de un compañero, un soldado  de caballería de la Guardia Azul, que  había matado  por celos a su mujer.

Cuando, finalmente, Wilde salió de prisión, desengañado y marginado por la sociedad inglesa, decidió pasar el resto de su vida especialmente en París,  bajo el nombre falso de Sebastian Melmoth. 

El Hotel d’Alsace, donde murió Oscar Wilde el 30 de noviembre de 1900, víctima de una meningitis, ha sido reemplazado por L’Hotel, que dedica una de sus habitaciones al escritor, la número 16.


Oscar Wilde. Autor de obras tan inolvidables como El fantasma de Canterville (1887), Un marido ideal (1895), La importancia de llamarse Ernesto (1895) o El retrato de Dorian Gray (1891). Es también célebre por frases tan ingeniosas como:

     "No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme   a mí mismo.   Es  uno de mis  mayores    placeres.  A   menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo" 

A grandes rasgos esta es la historia sobre un excelente escritor y aún mejor ser humano. Un hombre que se atrevió a ser diferente  y sufrió injustamente críticas y  carcel .

 

IRLANDA

Estamos finalizando el año,   y  quería   hacer un  resumen sobre todo lo que he ido escribiendo en este blog   sobre mi queridísima tierra irlandesa….. un  resumen objetivo sobre Irlanda….pero  me  estaba resultando  bastante difícil….. ya que mi objetividad frente a Irlanda  es nula,  tengo que  reconocerlo……

 

Leyendo el National Geographic….  encontré  este  artículo escrito por Rafael  Ramos,  corresponsal de la Vanguardia  en Gran Bretaña….  me pareció  interesante  y lo  transcribo  al blog…

 

IRLANDA

En busca de las mejores pintas de Guinness, el autor nos guía por este país de brumas y costa recortada sin ningún refinamiento, donde realidad y ficción se mezclan sin disimulo.

Por Rafael Ramos
Los viajes empiezan mucho antes de poner el pie en la tierra prometida; cuando surge la idea, se hacen los preparativos y la mente empieza a volar. Incluso hay veces que esa parte es la mejor, ya que la realidad no responde luego a las expectativas. No es el caso de Irlanda.


Mi viaje comenzó en Londres, en un pub irlandés de la Kilburn Road –donde luego supe que miembros de un comando local del IRA se reunían los domingos a tomar la cervecilla–, un día de San Patricio, entre camisetas verdiblancas del Celtic de Glasgow y cánticos de una melancolía abrumadora. Y tras un par de meses de mucha lectura y muchos sueños, en ese estado de agradable anticipación que precede a los viajes, finalmente aterricé en Dublín, con una lista interminable de cosas que ver y hacer, y la llovizna perenne de estas islas.

 



En busca de la tierra prometida

Me instalé en un agradable hotel, propiedad de Bono –el cantante de U2–, a orillas del río Liffey y, ante la mirada perpleja de la concurrencia, desplegué un mapa del país sobre la barra del bar. Un guiri es un guiri en todas partes.
 

De las muchas fórmulas de la felicidad, no conozco ninguna tan infalible como el equilibrio entre uno mismo, su tiempo y su espacio. Tal vez también un poco de amor, pero no hay que ser ambicioso. Lo cierto es que aquella noche lluviosa yo tenía por delante tiempo, espacio y una tierra por descubrir, no quería saber nada del amor y me sentía la persona más feliz del mundo. Sólo necesitaba una ruta, un criterio para mi viaje. Había tomado notas, subrayado y hecho cruces. Sabía muchas cosas sobre Irlanda, pero no sabía por dónde empezar.

 

 


Una de las cualidades irlandesas es que los pubs cierran más tarde que en Inglaterra. Así que cogí los bártulos en busca de inspiración y me dirigí a Dohenny and Nesbitt, un chiringuito encantador de Grafton Street que presume de tener la mejor Guinness de Dublín. Una buena pinta del «oro negro» irlandés requiere una técnica muy sofisticada; entran en juego la temperatura a la que se almacenan los barriles de cerveza, la distancia desde la bodega al grifo, la presión a la que se sirve y el tipo de cristal del vaso; asimismo, tiene que ser a la vez cremosa y suave como el terciopelo. Los dublineses son capaces de pasarse horas discutiendo sobre cuáles son las mejores.

 

En el país hay más de doce mil pubs –más o menos uno por cada quinientos habitantes–, y de repente se me iluminó la bombilla. La búsqueda de las mejores pintas de Guinness de Irlanda era un criterio tan bueno como cualquier otro para recorrer la isla, y un tema que fascina a los nativos. En cuanto dejé flotar la pregunta en el aire se inició una discusión, y no precisamente de borrachos, porque la clientela natural del Dohenny and Nesbitt son políticos, periodistas, ejecutivos y gente del teatro que se relajan a la salida del trabajo. Y en cuanto pagué una ronda todo el bar empezó a bombardearme con nombres y direcciones de establecimientos, desde Wexford hasta Ballyshannon y desde Donegal a Tipperary.
Sin embargo, aún no estaba listo para hacer las maletas y dejar Dublín. Primero tenía que conquistar una capital de medio millón de personas, llena de misticismo y romance, de bruma y poesía.


Dublín, entre pasado y presente
En gaélico se llama «la ciudad del puente sobre el estrecho» (Baile Atha Cliath), aunque no hay ningún puente maravilloso, ni tampoco ningún estrecho. Debió de ser en otros tiempos, porque en Dublín el pasado y el presente, la realidad y la ficción, se entemezclan de una manera enrevesada. Un simple recado para comprar sellos en la Oficina General de Correos de la O’Connell Street es un viaje en el túnel del tiempo hasta el Levantamiento de Pascua de 1916, cuando 150 revolucionarios se alzaron contra el colonialismo inglés, se apoderaron del venerable edificio –en cuya fachada quedan todavía las marcas de las balas– y proclamaron la República irlandesa. La rebelión fue aplastada con facilidad, y catorce de los quince cabecillas fueron ejecutados sin misericordia. El único sobreviviente fue un tal Eamon de Valera, profesor de matemáticas nacido en Estados Unidos, de padre español y madre irlandesa, que se opuso a la partición del país cinco años más tarde y acabó convirtiéndose en el gran padre de la patria.
En mi búsqueda de la «pinta perfecta» –un viaje mucho más intelectual de lo que pueda parecer– encontré una ciudad de fabulosas mansiones georgianas de un ladrillo rojo que resalta especialmente bajo el cielo gris, con banderas tricolores, fotos del Papa e imágenes de la Virgen en las ventanas; clasista, pero con un clasismo menos aparente que el inglés; elegante, y con un estado de ánimo tan variante como el tiempo. Seguí los pasos de Joyce y de Yeats, de Swift y de O’Casey, de Wilde y de Shaw.


Fútbol con sabor irlandés

Y cuando quise descansar de tanta literatura, compré una entrada para un partido de fútbol en el estadio de Lansdowne Road, fiándome de la buena fe del revendedor porque todo estaba escrito en gaélico. Los irlandeses son pillos, y resultó que me habían cobrado una pequeña fortuna por un boleto especial para estudiantes, en el gallinero del campo. Cuando llegué a mi sitio, el acomodador me guiñó un ojo: «Un poco mayorcito para ir al colegio, ¿no? Pase, pero no tape a las criaturas». En el descanso de aquel Irlanda-Bélgica me tomé la mejor pinta de cerveza de todo el viaje, y no fue una Guinness.
 

 


Un coche de alquiler con el volante a la derecha, un mapa de carreteras, colinas con ruinas de viejas abadías en lo alto, imponentes castillos como el de Kilkenny –de la dinastía de los Butler, que están emparentados con Anna Bolena y Enrique VIII y cuyos herederos viven en Chicago–, praderas tan verdes que debe de haber alguien sacándoles brillo, torres de iglesia, ruinas prehistóricas, leyendas de milagros y druidas, un sorprendente sol de primavera y tiempo por delante. ¿Se puede pedir algo más?
Próxima parada, Cork, donde me habían hablado de un pub de la Patrick Street que tal vez no tenga la mejor pinta de Guinness del mundo –un viaje demasiado largo desde la fábrica en Dublín–, pero que frecuenta el futbolista del Manchester United Roy Keane, una de las grandes celebridades irlandesas.

 

Lugar de retiro para famosos


Cork, la segunda ciudad del país, es en realidad como un pueblo grande, de alegres colores pastel, que presume de ser el París de Irlanda, aunque la comparación es francamente desafortunada. El único paralelismo que se me ocurre es que atrae a las estrellas de cine inglesas y norteamericanas, que han convertido la región en una especie de Beverly Hills con indescriptibles mansiones. El problema es que las enormes limousines blancas no caben en las anoréxicas carreteras rurales de curvas y más curvas, con vistas al Mar Celta; aquí, los rebaños de ovejas tienen prioridad sobre los coches.
Además de una ciudad agradable, Cork es la puerta al sudoeste de Irlanda, una tierra húmeda, acariciada por la corriente del golfo, y separada de Estados Unidos por miles de kilómetros de un mar con frecuencia brutal, sin ninguna barrera que suavice sus golpes. Me detengo en Kenmare –la capital gastronómica del país, con las ostras más frescas y las vieiras más hermosas del mundo–, pero antes, fiel a mi cruzada, pruebo la cerveza local en un pub de la calle Mayor. En la barra hay un par de sacerdotes picando patatas fritas con sal y vinagre. En una mesa, al fondo, observo a un grupo de monjas dicharacheras, charlando y riendo alegremente. ¿Es acaso imaginable una escena más irlandesa?

 

Irlanda es hoy una sociedad moderna y joven, con una economía dinámica que ha sacado un buen partido de la Unión Europea, fuerte inversión americana, alta tecnología y una renta per cápita superior a la británica. Pero la Iglesia católica sigue siendo una institución casi tan poderosa como el propio Estado, entre otras razones porque estaba ya allí, como la única expresión institucional del nacionalismo, cuando no había Estado.

Un país católico hasta la médula
La Iglesia controla casi por completo escuelas, hospitales y universidades, ha frenado las reformas en materia de divorcio y aborto, y un 86% de los habitantes asegura –sea cierto o no– que van a misa por lo menos una vez por semana. Conceptos como la penitencia, el martirio y la redención son parte del alma irlandesa.

 

 


Vuelta a la carretera, a disfrutar de las inclinadas praderas rocosas salpicadas de lagos del Anillo de Kerry, la bahía de Dingle y los imponentes acantilados de Moher. Sigue haciendo sol; Irlanda me trata bien. Pruebo la cerveza de Galway y Limerick –la ciudad de Las cenizas de Ángela–, y llego en ferry hasta las islas Aran.
En la península de Connemara, uno de los últimos bastiones del idioma gaélico, me quedo un par de días para dar largos paseos por su paisaje amenazador y sombrío, de un verde profundo, campos cicatrizados por muros de piedra y millones de ovejas. Pienso que es aquí donde me gustaría vivir, pensar, recrearme en los recuerdos, tal vez escribir esa novela. En el pub de Clifden no tomo Guinness, ni una cerveza rubia, ni whiskey irlandés; los locales insisten en que pruebe un explosivo licor hecho a base de cebada, levadura, agua y azúcar que se hizo popular en los tiempos de la prohibición.

 


La frontera con Irlanda del Norte es invisible, una maquinación política de la partición que ni siquiera respeta los accidentes geográficos y a veces incluso divide granjas cuyos propietarios dicen orgullosos que «duermen con la cabeza en el Reino Unido y el corazón en Irlanda».

 

 

La partición del territorio
No hay ningún aviso, ni puesto de aduanas. De repente, después de bastantes kilómetros, se advierte que las cabinas telefónicas son rojas, los buzones de correos llevan el emblema real y los bancos se llaman Barclays. El cambio es evidente cuando se llega al primer pueblo grande, porque el cuartel de policía es una fortaleza envuelta en alambre de espino y protegida con sacos de arena. Y no digamos en Belfast, donde las fachadas de muchas casas son murales del IRA o los paramilitares lealistas, y enormes planchas de acero irónicamente llamadas «murallas de la paz» separan los barrios católicos de los protestantes.
Del norte irlandés sólo me queda ver una atracción turística, la Calzada del Gigante. Pero antes, harto ya de cerveza, hago una escala en la destilería de whiskey Bushmills, la más antigua del mundo. Y tal vez sea el efecto del licor, o tal vez no, pero me creo a pies juntillas la leyenda de que un gigante celta colocó las treinta y siete mil columnas hexagonales de basalto para visitar por las noches a una novia que tenía en alguna isla del Atlántico Norte, en Islandia, en la costa escocesa, o quizás en Noruega. ¿Por qué no? Los viajes, al fin y al cabo, son sueños.

 



Regreso a Dublín, doblo los mapas y guardo los libros. Para despedirme, vuelvo al mismo pub de la Grafton Street donde empecé el viaje. Algunas caras me resultan conocidas pero nadie me saluda. No tengo ganas de enrollarme. Llueve. Pido mi última media pinta de Guinness, simplemente por ser fiel a la tradición, y reconozco que soy incapaz de decir si es mejor o peor que cualquier otra. Esa sabiduría se la dejo a los irlandeses.

 


 

 

 


Encantadora alma irlandesa

 

Lo que sí he descubierto es un país joven y alegre, donde se bebe mucho y se habla más; con gente dinámica y a la vez melancólica que sabe ridiculizarse a sí misma y tiende a exagerar, inocente y cruel, capaz de dar el alma y de matar por un símbolo, de soñadores y literatos, de escudos y leyendas, en conflicto permanente, marcada a fuego por el catolicismo, llena de pecados y de penitencia. Irlanda es un país trágico y sorprendentemente optimista.

 

 

Recuerdo lo que me dijo unborracho en un pub cualquiera de los visitados: «Sólo hay que preocuparse de dos cosas, o estás sano o estás enfermo. Si estás sano no hay de qué preocuparse. Si estás enfermo hay dos cosas de qué preocuparse, o te vas a curar o te vas a morir. Si te vas a curar no hay de qué preocuparse. Si te vas a morir hay dos posibilidades, o irás al cielo o irás al infierno. Si vas al cielo no hay de qué preocuparse. Y si vas al infierno estarás tan ocupado saludando a los amigos que no tendrás tiempo de preocuparte de nada». Excepto, quizá, de dónde se bebe la mejor Guinness del mundo. A su salud.
    

Castillo de Kilkenny

El castillo de Kilkenny fue construido primero en 1172 como una torre de madera por un anglonormando conocido como Strongbow durante la invasión normanda de Irlanda. Sin embargo, Strongbow fue forzado a retirarse a Waterford y el castillo fue destruido. No fue hasta 1195 que William Marshall, el yerno de Strongbow, regresó a Kilkenny y reconstruyó el castillo sobre una base mucho más grande. Construyó el primer castillo de piedra sobre el solar con cuatro torres, una en cada esquina, tres de ellas todavía siguen hoy en pie.

En 1391, la familia Butler, condes de Ormonde, compró el castillo y vivieron allí constantemente hasta 1935. Esta familia normanda influyente había fundado una alianza con la corona inglesa en el siglo XIV que continuó durante los 700 años en que habitaron Castillo de Kilkenny.

En 1650, el castillo recibió un ataque grave del ejército de Cromwell que intentaba invadir Kilkenny. Los atacantes descubrieron pronto que era imposible y cesaron su ataque sobre el castillo, pero encontraron otra entrada a la ciudad.

En 1955, la familia Butler decidieron dejar el castillo y tuvo lugar una subasta de todos los artículos de interior en el castillo. Después de cinco días de subasta, solamente la colección de pinturas de la familia y los tapices se quedaron.

Finalmente, después de casi 20 años de abandono, Arthur Butler, el 24 Earl de Ormonde, vendió el castillo de Kilkenny al comité de restauración nacional por la suma simbólica de 50 libras irlandesas. (unos 64 € ).

Cobh -Pequeña ciudad- grandes acontecimientos-

Cobh, el viejo nombre irlandés de Cove, pronunciado “Couf”, fue renombrado como Queenstown por la visita de la Reina Victoria en 1849. Sin embargo, en 1921 el Ayuntamiento de la ciudad volvió al viejo nombre de Cobh..Cobh, pequeña ciudad portuaria en el condado de Cork donde grandes barcos hicieron historia por su trágico destino, por ejemplo, el Titanic hizo en este puerto su última escala antes del

hundimiento, en este buque embarcaron gran cantidad de emigrantes en busca de un futuro mejor que jamás llegaron a conseguir. Un monumento de bronce, representando a una familia irlandesa, conmemora la tragedia acaecida.

 

El Lusitania, barco que los alemanes bombardearon en la primera guerra mundial y que ocasionó la entrada de los americanos en la guerra, muchas de las victimas están enterradas en el viejo cementerio de la iglesia. La estatua que conmemora el hundimiento del Lusitania es preciosa.

 

La ciudad de Cobh es muy pintoresca, llena de casas de pescadores en vivos colores, es un lugar tan acogedor…. tiene un precioso paseo marítimo victoriano… y vayas por donde vayas… te sientes observado por la impresionante catedral neogótica de San Colman.

 

Tiene además uno de los puertos naturales más grandes del mundo, es un puerto muy significativo para los irlandeses, de aquí salieron millares de emigrantes hacia América.

 

 

 

Foulksrath -Una Torre Encantada-

 
El Castillo de Foulksrath en gaélico, (Caislean Ratha) una impresionante Torre Normanda del Siglo XVI situada en Jenkinstown (co. Kilkenny).
Sus características medievales incluyen un magnífico comedor con enormes chimeneas y una escalera de caracol a las plantas superiores. La escalera de caracol parece acabar en el dormitorio, pero en realidad hay un pasadizo secreto hasta el tejado. Encontrarlo sera recompensado con impresionantes vistas de Jenkinstown y una sensación de ser realmente el Rey del Castillo.

Cómo no, se cuentan varias leyendas sobre el lugar. Una de ellas se dice, se cree, que la hija del propietario (Dean Swift) se enamoró de un joven Irlandés y fue encerrada por su padre en su habitación para que dejara de verle. Se cree que finalmente la joven fue asesinada por su padre en esa habitación y parece que el fantasma de la joven puede ser todavía encontrado en esta estancia.

Pero este no es el único fantasma que habita en la torre. También pulula entre sus paredes una mujer que fue asesinada por su amante y que impregna el ambiente con perfume de lilas. Incluso el actual dueño afirma haber contemplado diferentes espectros.

Actualmente es un hostal de la organización An Óige (Asociación de Hostales para Jóvenes de Irlanda), afiliada a la Red de Hostales Internacionales. Tiene el privilegio de ser el hostal más antiguo de Irlanda.

Un equipo de la cadena de televisión BBC de cazadores Británicos de fantasmas visitaron el albergue y enviaron un informe para decir que “sus máquinas habían gravado los mejores sonidos fantasmagóricos de todos los lugares que visitaron en Irlanda”.
Muchos huéspedes se reúnen por las noches para comer bajo la luz de las velas y compartir historias, música y como no, algunas pintas. Es un lugar con mucho encanto, espero volver!!

Alice Kyteler -La Bruja de Kilkenny-


Es la bruja más antigua de la que se tiene conocimiento en Irlanda.

Fue acusada de brujería en 1324 por el obispo Ricardo de Ledrede. Se piensa que estas acusaciones, en alguna medida, eran sólo consecuencia de la envidia que el obispo tenía de su posición.

Alice Kyteler, de origen normando, ostenta el gran honor de ser la primera mujer que aparece en la historia acusada de brujeria. Brujería tal como sería entendida en la época moderna: es decir, no como superchería sino como terrible herejía. Alice Kyteler nació en la villa de Kilkenny en 1280. Su padre era un banquero de excelente posición y, a su muerte, como única heredera, Alice se hizo cargo del negocio y sus propiedades.

La joven Kyteler contrajo matrimonio en 1299 con uno de los socios de su padre, William Outlawe, veinte años mayor que Lady Alice, él mismo también un rico banquero de raiz normanda. Este hombre tenía la gran suerte de ser, además, hermano de Roger Outlawe, gobernador de Irlanda. En esa época, la dama decidió construir un anexo de su casa en Kyron Street y establecer allí una posada –establecimiento que aún existe como tal hoy en día. Verdaderamente encantador.

Parece que Lady Kyteler fue una mujer bonita y sofisticada, que arrastró siempre fama de manipular a los hombres para que satisficieran todos sus antojos, que solían tener forma de lujosos regalos, dinero y joyas. Es por esto que la posada de Lady Kyteler se convirtió pronto en un centro de atracción para numerosos potentados, que trataban de llamar su atención de mil desesperadas maneras. Enseguida comenzaron a circular rumores sobre la propietaria. La acusación más fácil y efectiva en la época era la de brujería. Tanto Lady Kyteler como sus seguidores –decían- practicaban ritos satánicos en los sótanos de su negocio. Cuando su esposo murió en extrañas circunstancias, se dijo que había descubierto toda una jugosa colección de ‘Malafacia’ en las dependencias de su mujer.

Meses más tarde, Lady Alice contrajo segundas nupcias con un tal Adam Le Blont. Otro banquero. Se cree que llegó a tener una hija con él, de nombre Basilia. En 1310, Le Blont murió tras una borrachera descomunal. Kyteler sumaba ahora, en su persona, tres excelentes patrimonios: el suyo, el de su primer marido y el del reciente finado. Su posada, atendida por numerosas criadas, era además la más concurrida de todo Kilkenny –por supuesto, según la rumorología, las numerosas criadas formaban también parte de los juegos demoníacos de la dama.

Lady Alice se casó por tercera vez en 1311. Esta vez el elegido fue un rico terrateniente, Richard De Valle. Richard partió del mundo de los vivos mucho antes de lo esperado. Parece que se puso gravemente enfermo y murió tras una opípara cena. En su último testamento, De Valle había dejado todas sus tierras a Lady Alice, lo que la convertía en una de las personas más ricas del condado de Leinster. Sólo los príncipes de la Iglesia podían competir con ella en riqueza y recursos.

Lady Kyteler fue al altar por cuarta vez vestida de novia en el año 1320. También casó con un normando, John Le Poer, un asiduo cliente de su posada que cayó, al fin, bajo los hechizos de la mujer –ya que tenía fama de encantar y enajenar a los hombres-. En 1323, John reunía una curiosa colección de males. Aunque era un hombre de mediana edad, de repente se volvió lento y torpe como un anciano. Comenzó a caérsele el cabello, el poco que le quedaba, encaneció, y perdió también las uñas.

Los hijastros de Kyteler y su esposo moribundo escogieron ese momento para transmitir sus oscuras sospechas al obispo Richard de Ledrede –más que espoleados por el hecho de que la dama estaba preparando el asunto para que las propiedades pasaran a manos de su hijo, Willliam Outlaw- (retoño del primer marido). El obispo Ledrede decidió algo novedoso: imputar cargos de herejía contra lady Kyteler, su hijo, otros tres hombres y siete mujeres. Se les acusaba de haber abjurado de la fe cristiana y de proclamar que Cristo era sólo un hombre que fue condenado a muerte por sus propias faltas.

Las apelaciones de lady Kyteler se llevaron a cabo en el parlamento de Dublín. En julio de 1324, el obispo se las arregló para hacer que legos reales aparecieran en su tribunal y que Lady Kyteler y su hijo (que llegó en armadura) fueran declarados herejes y culpables de brujería, magia y contacto con demonios. Por todo ello, a Lady kyteler y a sus compañeras de hechicería, se las excomulgaba de la Madre Iglesia y sus bienes habían de ser confiscados y puestos bajo autoridad secular –detalle fundamental en todos los juicios de esta índole- . William Outlaw, varón y rico heredero, escapó bastante bien: fue obligado a escuchar misa tres veces al día durante un año, ayudar a los pobres y pagar a la iglesia un tejado nuevo.


En pleno medioevo, cualquiera que fuera acusado de brujería era irremisiblemente condenado a muerte. La ley inglesa prohibía la tortura, pero no los latigazos. se dispuso que Lady Alice y sus discípulas fueran azotadas. Lady Alice, como hechicera principal e instigadora, sería quemada en la hoguera

Un papel fundamental en todo esto lo jugó Petronella de Meta, doncella de confianza de Lady Kyteler. En algún momento, la mujer había sido arrestada y torturada para que incriminara a su señora. Tras seis tandas de azotes, Petronilla admitió haber visto a lady Kyteler en actividades mágicas, tal y como se relataba en los cargos originales. Curiosamente, confesó también que la dama limpiaba las calles que conducían a casa de su hijo mientras realizaba un encantamiento para atraer toda la riqueza de la ciudad hasta su puerta -‘To the house of William my sonne/ Hie all the wealth of Kilkennie towne. También declaró que su señora le había enseñado a ser bruja y que ambas volaban por los aires en una barra de madera cubierta con aceites.

Pretronilla fue quemada en la hoguera el 3 de noviembre de 1324, convirtiéndose en la primera persona en Irlanda en ser ejecutada por este método. Murió creyendo ser bruja realmente y llamando a gritos a su señora para que acudiera en su rescate.

Quien vino raudo al rescate, pero de Lady Kyteler, fue su ex cuñado, el gobernador de Irlanda. Con su ayuda, Alice Kyteler escapó de las mazmorras de Kilkenny Castle y de la sentencia de muerte que pendía sobre ella y huyó a Inglaterra, se supone, llevándose con ella a la hija de Petronilla. Y su rastro se pierde aquí.